MUNDO TÁCTIL

 

 
 

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Vivimos un mundo guiado por el tacto, para dar órdenes cotidianas en la vida cuando hasta ahora quizá le habíamos otorgado un estilo, una dedicación para saber más y mejor de aquello a donde queríamos llegar.

 

 

     
 

El tacto era una forma de dejar huella, recuerdo, una capacidad de seducción, una demostración de la mejor ternura.

Ahora es el aviso para comunicarse, hasta un intento de respuesta a donde queremos llegar. Tacto es situarnos, tomar sitio sin saber quizá lo que vendrá después. Le hemos quitado a la palabra tacto, su más hermoso significado, su aire de placer porque ahora es cotidiano su uso, su necesidad. No necesita ni un umbral de calma, no proporciona previamente disfrute alguno. Es posibilidad y necesidad.

Necesitábamos eliminar el tejido previo, ganábamos así un precioso terreno que serviría de paso para otros logros muy hermosos, una posterior  fascinación, una rendición para darnos derecho a la felicidad que vendría luego. Era un pequeño coto, no un mundo entero como lo es ahora donde tantas cosas a nuestro alrededor ofrecen la posibilidad de ejercerlo.

Pero a pesar de su amplia aplicación, me lo quisiera reservar para lo que siempre constituyó la belleza de su éxito. Que siguiera siendo el anticipo para que dos personas lo necesitaran luego, entre sí, como la forma más hermosa de manifestación íntima. Reservármelo para los grandes acontecimientos propios, a la vez que para los pequeños detalles seleccionados voluntariamente.

Es un éxito el roce de una mano, ese intransferible tacto puede permitir saber ya de las entrañas mismas de su propietaria porque si ambas manos siguen juntas luego, año tras año, se trata, a no dudarlo, en el caso de no haberse equivocado, puede significar, el triunfo de una vida, su prolongación, su apoyo.

Una mano en la mano, no suele ser sitio equivocado. Una mano que cede a otra mano, a lo mejor es como abrir el pliegue de una falda, el aviso de la capacidad para la caricia. O tener la fortuna de ser convexo para una mano cóncava porque te sentías algo perdido, sin saber qué hacer con ella. Una mano lenta y voluntaria, bien utilizada, representa quizá la mejor parte de la anatomía humana.

Porque a lo táctil, a ese mundo tan amplio que nos ofrecen ahora se llega con las manos, con los dedos de cada una de ellas, pero insisto, renuncio a muchas aplicaciones para seguir reservando lo táctil a lo que hasta ahora ha constituido atracción o hasta perversión, pero nunca distracción, mera conversación gratuita.

Rechazo, por ejemplo, la constancia habitual en todos los rincones de la tierra del empleo de los dedos de nuestras manos en ese empleo de comunicación inmediata que la tecnología ha puesto –precisamente en nuestras manos- a través de los teléfonos móviles digitales. Para acceder a ellos ya no piden consignas abreviadas de caracteres, basta la huella de un dedo para reconocernos.

Pues no quiero que sepan tan fácilmente de mí. Mejor que me pregunten más para identificarme. Mis huellas me las seguiré  reservando como huecos privados de mi piel, han de ser reclamo  y ofrecimiento de caricias, andan por ellas casi hasta los mismos nervios de mi cuerpo.

Queda claro, pues, definitivamente claro, que el mundo táctil propio, nada menos que el de mis manos han de seguir teniendo el sitio reservado para la más digna utilización. Me valen los ejemplos que he puesto, y no debo olvidarme tampoco de la belleza que tiene mi tacto cuando paso despacio la última página del último libro que acabo de leer.

No haberlo tenido en cuenta aquí, hubiera sido desentonar de mi hábito diario, de mi palabra más común.