NO ES AMOR LO QUE SE PIDE SINO PEQUEÑAS COSAS

 

 
 

Oct-09 Foto

Sin descanso. Sin programar que nada especial ocurra, tan sólo la emoción detrás de un punto y coma, receptivo a todo y a todos, paciente, interesado, emocionado. Y además constituye la mejor manera de cultivar los hábitos, de enamorarme de ellos


 

 

     
 

como si alguien fuera capaz de asegurar que cualquier acto de amar constituye una confesión según dijo Camus. Con color a libro viejo, pero también en esas largas tardes de sosiego, un simple carraspeo, una puerta que se cierra sin hacer ruido, la proximidad de alguien que estás deseando, bastándote su compañía. A veces viene a ser como un libro cerca sin acabar de leer, el clic de la cerradura de esa otra puerta que produce quien vuelve al final de cada tarde a casa.


Sin preludios, pero cada gesto excedido de ternura. Puede parecer un cuento de Páginas de Espuma que acabo de leer, de senos recién ascendidos, de palabras que tenía cada vez más escondidas. Siempre constituyen mi ropaje más brillante, los pensamientos siguientes como un vestido ceñido de mujer en “zonas estratégicas”. Esa es ahora ya la única manera que tengo de equivocarme menos, de pedir menos, de ir ignorando adrede casi todos los compromisos que no sean literarios.


Ya vivo ponderando cada vez más la importancia de los modales, las maneras naturales de dar las gracias a alguien que no conoces con tu cara amable, hasta aunque te noten viejo; de desearle buenos días a la gente a medida que te la vas encontrando, casi en ocasiones te da pena que ya sea por la tarde y no sepas realmente si ha pasado bien el día; o ese roce insignificante en una tienda a quien simplemente le estás preguntando cuánto vale esa cosa que tenemos en la mano. Modales de cortesía que son casi insinuaciones, algo de coquetería. Una especie de intimidad espontánea, atrevida, como si estuvieras notando una cintura de mujer entre tus manos y con eso tuvieras bastante.


Es mi acceso privilegiado a donde no suele llegar la gente o porque no sabe o porque no se atreve. Es eso, las pequeñas cosas que recibo y que puedo devolverlas; notar la delicadeza de toda existencia humana, la belleza insoportable de la vida sin leerla pero de la mejor manera para vivirla. De esa vida en sí misma y de todos los que transitan por ella. Los noto, me miran y me preguntan cómo formar de esta manera la próxima metáfora para escribirla luego.


Entre las cosas que me quedan está pues una amabilidad receptiva y paciente que desarrolla hábitos, interés, esfuerzo, la fluida belleza de cada gesto para compensar así la soledad que siempre tiene nuestro cuerpo. Ahí nunca valen remedios ajenos, ni una espalda unida a un pecho, ni el ruido ajeno. Cuenta esa eficacia propia que cuando la ponemos en marcha nuestra propia capacidad se alegra.


Me queda también actuar bien porque eso descubre los valores que no pasan, que tienes. Te acomoda a la vida y tú te ajustas mejor a ella. Me queda en el aire final de la vida pensar que al menos es el del medio, y así me sobrará tiempo plácido y lento para gozar como un lujo la derrota y el júbilo. Me queda intentar seguir queriéndome lo mismo que quiero a tanta gente.


Pero admitirme los descansos porque cada uno descansa como puede y busca el éxtasis de las palabras que más quiere donde puede y cuando puede. Me voy quedando como he dicho con las pequeñas cosas que me parece. Pongo cada vez el mantel de mis deseos sobre los que la vida me está siendo servida como quiero. Hasta me dejaría arrastrar en el fango de las palabras, todas te llevan a lo bueno, cada uno las empleamos de una manera luego, hasta en el fondo de la tristeza hay siempre una palabra que no te dijeron y que aún estás esperando escuchar.


A lo mejor sí que es amor todas las pequeñas cosas que tanto quiero. Y entre ellas esa tan hermosa y solitaria a la que dedico muchas horas de mi vida: cerrar un libro para abrir otro a continuación.