SENTÍ DE NUEVO LA NECESIDAD

 
 

Oct-09 Foto

Es curioso el atrevimiento, pero obvio aunque parece innecesario el comentario. Después de haber leído varios libros en formato electrónico, he sentido la imperiosa necesidad de entrar de nuevo en mi librería habitual y comprar un libro nuevo..


 

 

     
 

. Mi elección fue “El abuelo que saltó por la ventana y se largó del sueco Jonas Jonasson que está teniendo una gran repercusión en toda Europa. La razón no estaba cimentada en la elección concreta de esa obra, la sentía ya hace días: tener un libro nuevo entre mis manos, recién comprado de la librería, olerlo con una pasión parecida a la mañana, casi con un temblor difícil de explicar, como un recién nacido a un placer por estrenar que me proporcionaba en ese instante confianza.

Lo expliqué en su momento, mi economía, mi falta de espacio, mi necesidad como consecuencia de estar incorporado ya hace muchos años al mundo de la informática, de conocer esa tecnología aplicada a pasar la página sobre una superficie parecida al cristal con una simple presión de un dedo sobre el ángulo inferior. Y la acumulación en un pequeño dispositivo de miles de libros sin ocupar espacio. Porque era necesario que también el libro se abriera paso, con el pago de unos derechos de autor, en ese mundo, con esa facilidad de adquisición y de descarga en escasos segundos a un medio propio de escasas pulgadas en nuestras manos tras la simple visión de un catálogo de libros en una página de Internet. Lo he aceptado, lo estoy viviendo.


Pero dejarme al menos que nunca acabe con el tacto del libro, con su señorío, con su olor, entre mis manos. No existe comparación, son dos mundos tan diferentes como si estuviéramos hablando de objetos distintos. Me he de quedar, igual que en su intento del poeta Ángela Vallvery con que: "Me  gustaría/gobernar un país como tu cuerpo/ Su color en mi lecho. Sus instantes, del tamaño del día.". Yo tengo que intentar que el modo de gobernar el país de mi lectura sea igual que un cuerpo. No me quiero perder el color y el olor que tenía el libro que he nombrado al comprarlo el otro día, o cualquier otro, el próximo.


Habrá que crear en las lecturas dos espacios separados: los libros que caben en la memoria de una Tablet, esos que para comprarlos y leerlos el tacto no lo tiene el libro porque no lo tenemos nosotros. Es inútil intentar ni olerlo ni acariciarlo. Para hacer eso, habrá que entrar en cualquier sitio donde tenemos los libros o donde podemos adquirirlos y nada menos que poder hojearlos: cada página, cada párrafo, cada sobrecubierta puede convertirse rápidamente en una tentación que no caduca, permanente, con el rigor y la exigencia de lo físico, de lo que tiene cuerpo y podemos así gobernarlo, acariciarlo, tenerlo en las manos.


El libro editado no se acabará nunca, lo amaremos, desabrocharemos cada vez como un deseo. Leer con un libro físico en las manos es como estar con alguien, igual que si sintiéramos un silencio especial e invocáramos cada vez a una persona a nuestro lado. Leer, como he leído siempre, es como un placer que todavía tengo pendiente, una disponibilidad prolongada, una entrega a medias entre las páginas y yo.
Ya estoy al día, ya me he descargado libros electrónicos, los he leído con el medio más cómodo pertinente. Pero no se parece a la lectura, casi es como una técnica –tan sencillo como es- que tienes que aprender, que no sabes hacer. Pero no lo he podido evitar, he sentido de nuevo urgentemente la necesidad de leer como lo he hecho toda la vida. He entrado en mi librería habitual invocando la necesidad de tener un libro en las manos, ese ejemplar concretamente que no lo ha tocado nadie.


La lectura de siempre es mi eterna finca de recreo, mi butaca tan cómoda que no puede ser de nadie más que mi propia butaca. Y allí junto a la mesa, el color de la portada, el olor de sus páginas, el crujido de su lomo abierto que testimonia que alguien ha leído ese libro. No hacen falta estadísticas de bajadas, no se pueden hacer trampas: o alguien te ha regalado un libro, o desde una biblioteca pública unos días es tuyo, o te fuiste sonriendo –siempre me empeño que nadie me empaquete un libro- de la librería, con él entre mis manos.
Con la necesidad cubierta, con la voz que me lo reclamaba contestada. Era lógico, al fin tengo de nuevo con el último libro que he comprado, que estoy leyendo, una elegancia sensual y arrogante que hago mía al pasar cada página tocándolas.