La nobleza del libro

 
 

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La nobleza del libro está en las manos del lector. Y por eso se han quedado conmigo, llenando mi casa. Pero cuando llevo una vida íntegra leyendo, y más de veinte años ya junto a uno u otro ordenador, expresando lo que siento y . ...


 

 

     
 

contando lo que he leído en ellos, no podía quedarme fuera de esa “herramienta excelente”, como muy bien la califica Antonio Muñoz Molina en el último “Babelia”, al libro digital.


Sí, aunque cada vez en mi hogar sea más difícil encontrarle un hueco a la última novela que acabo de comprar, o sitio a los versos de Vicente Gallego, (“Nada cuesta aclararse, y cuesta todo,/y todo adquiere luego el mismo precio”) esa no ha sido la verdadera razón para acercarme a la lectura digital q

ue proporciona cualquier dispositivo ebook de los que hay en el mercado.
En el artículo que menciono de Muñoz Molina, “Libros, bicicletas, tranvías”, entiendo su sorpresa ante un amigo que hablaba con devoción de su iPhone y su iPad. Dice que parecía referirse en lugar de a un medio técnico para recibir información sino a algo como “al santo Grial o a la ampolla de vidrio en la que se licua cada año la sangre de San Pancracio.” Es verdad lo que dice Antonio, porque lo que estoy viviendo con la tecnología de Apple que es casi litúrgica, es un modo de ser entrar en una AppleStore, aprender en sus talleres, “one to one”.


Yo no me he abrazado a esa nueva fe en la tecnología para tener que abjurar de convicciones y hábitos anteriores como la tinta y el papel. Todo lo contrario, la autoridad y la nobleza del libro siguen estando en tenerlo en las manos, en hojear sus páginas, en empezar a leer un párrafo suelto, en la travesura de comprarlo. Y para eso hace falta que el libro sea impreso.


Pero he tenido que traicionar, en algunas ocasiones ya, la nobleza del libro editado, por la página electrónica –iluminada incluso de forma que tampoco moleste a tu acompañante de cama a la hora de dormir-.Un simple toque de un dedo sobre la esquina inferior de la pantalla de fibra de carbono que estoy leyendo es suficiente para situarme en la página siguiente. No le pido a este magnífico medio técnico su derecho a la invasión para eliminar el tradicional. Quiero que sea una ayuda, a las de “más calado", a las necesarias, pero que mis manos tengan su antiguo derecho adquirido con tintes de siglos, sigan aportando una nobleza y un estilo al libro impreso, y siempre tengan sitio.


No me he querido quedar fuera, no he podido, igual que hice hace ya más de veinte años, cuando incompletas mis horas y mis ansiedades con sólo el libro en la mano, la red me ofreció una ventana exterior, una tecnología que fue una tentación, mucho más que un entretenimiento. Fue como salir de nuevo al exterior, porque frente al libro no tenía suficiente. No podía llegar, ni caminar hasta la calle desde la inmovilidad de mi asiento.


Gracias a Internet, a tantas horas de estudio cuando ya no tenía ninguna obligación de hacerlo, sino esa especie de gusanillo de cultura que llevamos dentro; gracias a tantas personas que leyeron mis textos o se enteraron de lo que estaba leyendo, me llamaron de lejos, me escribieron, me quisieron. Me pillaban siempre con la quietud del libro quieto, me mimaron con la rigurosa razón de que los mimos no estropean a nadie.


Tampoco me va a deteriorar mi culto a la lectura, el libro electrónico. Su autoridad la aporta la ventaja tecnológica, su nobleza, trasmitir cultura. Pero quiero advertir mi rechazo a tantas y tantas páginas, lo mismo que ha ocurrido con la música y está acabando con el cine en las salas de cine, donde esa lectura suponga una infracción al derecho a la propiedad intelectual. (Art. 270 y siguientes del Código Penal) Otra cosa es cuando cualquier obra, la propia editorial la ofrece –como está ocurriendo- a un precio inferior al de su adquisición en papel. En ese pago menor, está el autor, su derecho a la propiedad, y en el lector la honesta lectura.


Eliminemos esa costumbre que ya prolifera de acumular obras y obras gratuitamente pirateadas, cientos y cientos, acumuladas en medios digitales de lectura para no leerlas nunca. Igual que con los películas, uno a veces pregunta a un amigo por un determinado film y su contestación, es "ya la tengo", no si la ha visto o piensa hacerlo o se trata de una buena película. Simplemente está en el disco duro de su ordenador.


Cualquier medio de lectura que tenga en mi mano, no lo voy a utilizar para coleccionar libros en él, sino para leer, para seguir leyendo, siendo como “La hermana de Katia” de Andrés Barba, “con las caderas suaves, con los pechos cayéndole sin prisa.” ¡Qué hermosa metáfora! Sin prisa. No pongo, pues, fronteras a los nuevos medios, es mi total aprobación, mi respuesta, mantener de alguna manera en la lectura mi narcisismo, como una catástrofe espléndida. Es lo que busco leyendo, lo haga con el medio con que lo haga.