Octubre, Octubre

 
 

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Obviamente el título de este comentario me trae de inmediato el recuerdo de la inmortal novela de José Luis Sampedro. Pero para mí ha sido siempre como un índice de espera en el verano ya que las Editoriales sacan el mayor número de ...


 

 

     
 

novedades en otoño. Se trata, pues, de mi comienzo de año.

Insisto en plantearme una y otra vez del por qué mi página web que no pretende ser como muchas veces he dicho recomendar ningún libro. Lo que sí que me atrevo a decir es que la literatura que incluyo cada mes, tiene calidad. Naturalmente con preferencia hacia la que a mí más me atrae. Suelo equivocarme poco cuando en ese oficio que decía practicar Azorín, ojeo libros en una librería. Ya tengo niveles de conocimiento hacia mis preferencias, hasta el punto de decirme algún librero o más bien librera, “este libro es para ti.”

Cada vez estoy más convencido que entre ese 56,9% de personas en España que lee algún libro a lo largo del año –índice de los más bajos de Europa- su criterio de elección suele ser siempre el mismo: un género preferido, un autor o un índice de mayor venta, información al alcance en cualquier suplemento cultural de los periódicos. O basta sino el amontonamiento de ejemplares que sobre todo en grandes superficies hace el librero, bien a la vista y con criterios estrictamente comerciales que marca el distribuidor.

¿Para qué, pues, que alguien en la red, sugiera –eso sí- un libro de calidad, un autor novel, una posible consagración de un autor ya conocido y publicado como hago yo bajo el prisma siempre de mis apetencias. Esas más de 40 nuevas visitas diarias que tiene mi página, es un simple boca a boca de la red porque mi divulgación personal es escasa.

Alguna satisfacción me aporta este trabajo voluntario cuando una persona me asegura que por su poco tiempo para la elección, busca mis sugerencias cada mes. O conseguir que otra bien cercana lea por mi indicación, un estilo o autor ajeno a sus inclinaciones y muestre luego su satisfacción por haber leído ese libro.

Sé de sobra de mis debilidades, a lo mejor porque no encuentro mis fortalezas. Y entre los libros de los que hablo y hablaré este Octubre, que iré prolongando a medida vayan saliendo libros nuevos que valgan la pena estarán: ese género minusvalorado, que es el relato breve y que cada vez va tomando más empuje y aceptación y de donde surgen luego grandes escritores; o el arranque literario de alguien desconocido en el mundo de las letras que se abre un camino que afortunadamente para futuros lectores no dejará; y dentro de la novelística actual el tono, el estilo de literatura de hoy que me llevará a un mundo de satisfacción con cada libro en mis manos.

Pero insisto para qué todo eso, si cada uno va a seguir leyendo poco, casi nada, a seguir escudándose en la famosa expresión “no tengo tiempo”, cuando el tiempo –esa cosa tremenda- lo tenemos para todo aquello que más satisfacciones nos produzca. Para qué, si su realidad va a prevalecer siempre en cada lector, en cada libro que alcance, cada momento que le dedique, cada satisfacción que le proporcione, ha de ser la suya propia y nunca va  servir el consejo o la simple advertencia de nadie.

Pues será simplemente porque amo a los libros y hablar sobre ellos. El verano me ha proporcionado el dulce encanto y el goce de la espera de Octubre. Es para mí lo esencial frente a lo frágil y lo transitorio, lo cotidiano al hacerlo necesariamente diario, como si fuera en algo del amor, la boca en otros labios.

He buscado, sin querer algún verso del poeta que me explicara esa sensación definitiva de encontrar un libro, la razón por la que titulé mi página de cada mes como una sugerencia más el acercarse a los libros. Y me voy a quedar –ya sabéis mi tendencia a la cómoda metáfora del momento y si está escrita antes en la página de un libro, mejor- con estos versos de Cristina Pieri Rossi:

"A lo hora del lento crepúsculo asesino
escucho jazz como una condenada
se aferra al último cigarrillo."

Yo ya me he apuntado al crepúsculo casi siempre nada brillante que tiene la vida, y mi condena en lugar del jazz es acercarme a los libros, de cualquier manera, pero igual me vale como quien se aferra a ese último cigarrillo.