La verdadera lectura

 
 

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Hace días explicaba Jorge Herralde en Babelia su método de lectura con los manuscritos nuevos que llegan a su editorial para su posible edición. Jorge, ...


 

 

     
 

comienza una novela, por ejemplo, y la lee de un tirón, no entiende la interrupción, necesita esa unidad que tiene una obra aunque haya sido escrita por su autor en muchos meses, esa línea que compone trama, personajes, formas e ideas. No ha lugar a la pausa, es la mejor manera de entender lo que provocó a su autor porque la escritura solo llega cuando algo no funciona. Escribir es un anhelo por inventarse la vida de alguien ya que no podemos arreglar la nuestra; hasta la pura fantasía de una pasión fingida, de un crimen nunca cometido, viene de unos traspiés difíciles de explicárselos uno mismo.


Y qué mejor manera de seguir ese camino explorado de un principio hasta su final sin que un horario de comida o de sueño nos deba interrumpir esa lectura. Cuánto hubiera ganado mi bagaje cultural si hubiera hecho lo mismo, cada lapso, cada parada, cada prolongación de la lectura de una obra de ficción, por ejemplo, no permite comprender totalmente la línea de lo que se quiere decir. Y así hubiera llenado además mucho más ampliamente mí tiempo de lectura. Casi todo tiene espera, pero el libro que aún no ha ocupado su sitio en mi inquietud y en mi cerebro, está impaciente.


Voy a intentarlo en la medida en que pueda y hacerle sitio además a todos aquellos libros que están en mi casa, que llenan las paredes de mi domicilio, que no tuvieron su momento entonces –el de su adquisición con las mismas ganas con que lo hago ahora con las más recientes novedades- para darle lectura. Sería como una manera de releer, leer lo que no he leído. La cifra podría asustarme a mí mismo, pero tiene solución, sólo requiere aspirar a esa continuidad de Herralde para multiplicar así mi tiempo de lectura y convertirla en más fructífera y verdadera.


Los libros que me quedan por leer pueden ser mi vestimenta no comprada ni puesta todavía. Todo pendiente, esos amplios estantes por los que paso casi sin mirarlos son mi ridículo. Es como si fuera mi problema aún sin resolver, y al igual que Herralde me ha enseñado su prodigio de no interrumpir la lectura de los nuevos manuscritos que llegan a sus manos de editor, yo quisiera al menos, en esa área de aspiraciones de mejora –porque hasta la lectura admite un más fecundo desarrollo- enfocar una manera de convertir la adicción al libro nuevo en una forma de mayor cordura.


No pasaré de largo, libros que ya os estáis haciendo viejos, junto con los que acaban de llegar a mis manos, os enlazaré a todos como en una lectura continuada y racional, ininterrumpida y verdadera. Entre todos –nuevos y viejos- construí mi vida, la hice posible, se la debo, me aportan los mejores registros hasta en peores tiempos. Todo raya de cerca con ese mundo solitario de nos creamos a veces tanto en la lectura como en la escritura. ¡Qué más da! Es una necesidad muchas veces. Su ventaja es la intimidad, la autonomía, la libertad. Es como la almohada donde dejo los mejores sueños.


Pues simple conclusión: tendré que aprender ambas cosas, restar la omisión de tantos y tantos libros que aún esperan turno y la mágica lectura continuada como si fuera siempre eso, una especie de manuscrito, un sitio neutral donde habitan otros y han dejado señal para nosotros como cae un vestido de mujer hasta sus pies y jamás debe provocar interrupción alguna.