NECESITO CREAR MI PROPIO IDIOMA

 
 

Oct-09 Foto


Es lo que pretendo, crear un idioma con la literatura que reseño en el rincón de mis libros. Me marcó el camino leyendo sus memorables poemas, García Montero: "Si el amor como todo es cuestión ...


 

 

     
 

de palabras/acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma." Yo me acerco a los libros que elijo, los cuento, y quisiera ser poeta del idioma aunque no sea verso, explicar lo que he ido leyendo en cada cada uno de ellos. Es verdad, va creandose uno cada vez, con cada libro, su propio lenguaje, su manera de leer, hasta de pensar en un destino para después. Y de eso quiero ocuparme cada vez, cada tiempo, entre estos libros que explican como hice de arquitecto en mi casa con ellos.

Os contaré el proceso. Es hermoso y sencillo: estar al tanto del último de ellos, ojearlo sin pausa y sin tiempo en esos hermosos sitios donde venden libros. Ya ocupa luego un momento de espera, yo le llamo una impaciencia. En las paredes de mi casa todavía no ha hecho sitio, lo hará luego, y el largo momento de tenerlo en mis manos es una paciencia única que remedia mis impaciencias. Cuando termino ese libro, ya no lo recuerdo casi, ni su tapa, ni la manera con que lo he tenido abierto, cuántas horas ocuparon de mi tiempo, dónde estuvo su deleite, si en la forma o en el contenido. Y de las notas que fui marcando en muchas páginas de ellos, salió el feliz resultado de haberlos leídos. "Cada cita", como llamo en Access a mi base de datos tiene los suficientes datos precisamente para saber lo que ido aprendiendo, lo que todavía no me había explicado la vida en forma de miles de registros.

Leer es mi oficio, es mi única ocupación, es mi vestido y mi desnudez, es como en los versos de antes, mi lenguaje, la forma de acercarme a un cuerpo y sentirlo propio y lento. Leer estuvo presente y nunca ausente. Ni la dureza prolongada de cualquier momento de la vida, ni propios interrogantes que siguen sin ser respuestas ni certezas, alteraron nunca el hábito, el tiempo de la lectura. Por eso ahora necesito insistir en crear un lenguaje con el que se me note, igual que saben quienes cambian los libros conmigo, cuales serán ciertos destinos, maneras de enfocarme, de estar en lo que consideraré cierto.

Mirar cómo en la imagen podría ser yo mismo quien estuviera buscando un libro. Pero ahora no se trata de eso, es cuestión de palabras, de propio idioma que se me entienda de lejos. Y a la vez ando metido en la forma de despedirme de las cosas porque no lo puedo evitar, mi tiempo es ya despedida: mis propios libros, las notas de ellos y sobre ellos. Los momentos se me van componiendo a la vez de soledades y silencios, nadie sabemos muy bien por qué hacemos las cosas que hacemos.

Yo lo único que entiendo -de poeta en poeta- es de las palabras: "Las palabras, la única certeza./Sin ellas no se es.""(Rosa Romajaro). Es que sin ellas no sería capz de nada. Nunca fui escritor pero escribo, casi mido la tristeza, me empeño en las respuestas de ciertos correos a mi cuarto abierto que me llegan junto con un beso con todo respeto y cariño, nada menos, nada menos. No escribo, lo hago como alguien que finge serlo. Hasta me atrevo a asomarme a ese mundo de pizarras abiertas que podríamos llamar a los blogs que rodean tantos monitores de tantos ordenadores como accesos directos en un estado de sentimiento desparramado como le llama Manuel Vilas.

Y eso es todo, dejarme al menos mi propio lenguaje como si no se hubiera inventado nunca, igual que la absorvente exigencia de una mujer abierta, "si entras en mí nunca saldrás". La certeza que pudo tener Margaret -el brillante personaje de Rafael Yglesias en "Un matrimonio feliz"-. Propio puede ser, además, -ya que hablábamos de blogs antes- "esa distinta manera que tienen las mujeres de recogerse el pelo." Siempre me ha asombrado, nunca tienen bastante, saben crearlo al instante, como intento hacer yo al comentar un libro. El instante y el lenguaje porque ni tengo otro sitio a donde ir.