No me puedo desprender de las metáforas

 
 

Oct-09 Foto


Y más ahora cuando había dejado dormir entre los papeles las que había estado aprendiendo entre las muchas que usaba, inagotables y persistentes, Paco Umbral. Ya lo decía él, que escribir era tres o cuatro metáforas nada más.

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De pronto, parece haberlas recogido un joven novelista de esos que andan ya enseñándonos cómo se debe hacerlo: Pablo Gutiérrez. Fue primero sus “Rosas resto de alas” cuando una mujer le dice a un hombre “es mejor que hoy no duermas aquí” y todo se tuerce: su desespero, su andar deambulando para que pueda luego pasarle lo contrario. “Quiero que no te vayas. Mejor, firme: quiero que no tengas adónde”. Yo sin una metáfora a mano, sin un cómo suelto no soy nadie. No tengo tampoco adónde.

Gutiérrez arranca sin piedad el dietario de la chica de los hombros bonitos, se gana ese negocio para contarlo magistralmente luego, así parece que se va a pasar media vida, así me llevo pasando yo casi toda la vida. Busqué siempre esos hombros bonitos y los besos mojados de otro beso, por eso me sobraban tanto las consonantes, me enamoré de los adjetivos, así seguí escribiendo, así lo estoy haciendo de una forma oscura, indeterminada pero propia, para que pueda ser mi privilegio.

Durante los días que siguen, mientras me vaya haciendo viejo me va a pasar para poder contarlo, lo mismo que al personaje de Gutiérrez en “Nada es crucial”. "Igual voy a cuidar yo mis metáforas: como un hermano, les calentaré un caldo casi reciente que cocinó mi mujer anoche, compraré antibióticos en la farmacia y les traeré para enriquecerlas, libros de Benedetti porque sé que Benedetti es una autopista directa igual que hacia la ingle de las metáforas sensiblotas. Se sentirán tan agradecidas, tan desamparadas y desvalidas en su tonta invalidez que muy pronto se acurrucarán otra vez a mi lado y me devolverán el favor, sí," todo el calor que me permite seguir escribiendo. Gracias Gutiérrez, era eso, precisamente eso lo que vengo haciendo sin saberlo, casi sin quererlo.

No me puedo desprender, del ropaje de las palabras adrede, de esa bendita comparación siempre tan a mano como una axila hermosa de mujer que uno a veces pudo ver, generosamente en Messenger. Para construir mi privilegio, para seguir leyendo a Umbral y después a Gutiérrez, para ir colgando post en mi pizarra propia y que se puedan leer y apostillas luego, ya está Fran con las metáforas en forma de mujer.

Este blog ya lo sabéis –y sino apuntároslo ahora- es como mi piso de habitaciones grandes, para sentirme triste a veces y contarlo siempre, quedarme en la butaca de cuero leyendo y dormirse conmigo las palabras sueltas, parecidas a un pubis de mujer dispuesta y fragante. Ya estamos otra vez.

Ahora estoy en un momento que pueden ser ciertos los versos de poeta José Emilio Pacheco: "Mira las cosas que se van,/recuérdalas,/porque no volverás a verlas nunca." Las cosas, y las metáforas al lado que me las aprendo y las cuento luego, como esta mañana que alguien al curarme una herida y darme unas gasas de repuesto, yo le hablado –porque me ha visto con un libro en la mano- me ha preguntado ¿y dónde escribes sobre libros? Aquí, le dije, en cualquier sitio, sólo se trata de que te acerques a los libros -como hago yo- que estoy leyendo.

Quizá no le avisé a tiempo que se iba a encontrar unas cuantas metáforas como una excusa de verano -¿a ver qué más?- como cuando una mujer tiene los muslos cansados, o al estilo de Umbral, preguntar después, ¿ah, sólo sabes decir eso?, o de Pablo Gutiérrez, cuando Magui se viste y se marcha sin despertar a nadie.

Se me ocurre que puede ser un privilegio, al desvestirte, amar sin que lo sepa nadie.