Ser hímnico, festivo y panteista

 
 

Oct-09 Foto


Lo volveré a ser de nuevo, sembrando algún poema hacia delante llenándome de euforia al sustituir todos los eufemismos de mi lengua y sin ningún disfemismo. Lucharé en el ámbito del dolor contra...

 

 

     
 

la propiedad de cualquier dolencia, la impaciencia de las palabras que vendrán detrás, borrar las etapas que no quise trazar para que no me vuelva a doler la vida como tensa y maldita.

 

Será otra vez un himno nuevo leyendo entre los renglones del corpus literario de Manuel Rivas –“A cuerpo abierto”, “El lápiz del carpintero”- hasta su último silencio cuando al hablar te juegas casi la vida si no aciertas el sitio que tienen escondido los gallegos, esas calas que cuando las encuentras se abren como una concha con todo su misterio, su lealtad, su memoria explícita, su tierra incógnita.

Me aposento en el modo de querer insistente y tierno, en la fiesta propia de perder el juicio, la cabeza loca, el cansancio incansable de mi cuerpo. Hace poco le leía a Paul Auster que el cuerpo humano no puede existir sin otros cuerpos humanos, necesita que lo toquen porque siempre tiene la piel reclamando la caricia hasta desde lejos. Me quedo, pues, para siempre con la energía corporal que me da la vida porque la energía es necesidad y placer.

¿Dónde tuve yo esa energía que me puso de pie? En mis lecturas cada día que me parecían algo ilícito, obsceno por su desbordante belleza. La tuve además en empeñarme por tenerla, en sentir tal necesidad de ella que sin ella no podía vivir, no tenía ni el suficiente aire para respirar lentamente en cada instante en que hace falta precisamente el aire. La tuve festivamente, como digo, acercándome a los libros hasta prematuramente, tenazmente, con una infinita paciencia que quizá me ha faltado luego. Por eso es necesario cantar el propio himno de nuevo, insistir otra vez en ser yo mismo el que era, el que fui, el que supe ser, produje placer al menos quince días, quince orgasmos, quince palabras antes y después.

Es como el desnudo del cuerpo que mencionaba antes que no puede vivir sin otro cuerpo. Aunque ahora tengan arrugas los contornos de mis ojos, seguirán siendo redes de pesca semejantes a los pliegues de las sábanas de las noches sin sueño. Le tengo tan pocas ganas a ser viejo que la ternura no se me ha hecho vieja, la puedo dar de nuevo soñando con un ceja fina de mujer y el hueco infinito que tienen sus axilas. Tengo algo de todo todavía: gestos, cosas, hablar del libro que estoy leyendo, las palabras, las emociones. Me queda lo mejor, querer ser hímnico como el gallego Manuel Rivas y contarlo luego en un taller de privilegio, propio,con una fundación inolvidable.

Devolveré lo que me dieron, explicaré en qué consiste el magisterio de mis ganas, las ganas de vivir, el cariño. Será al final justa la medida porque si algo callé entre medio escribiré mis emociones, casi desnudo, hasta reventar de nuevo con la audacia previa exacta al desabrocharme y quitarme la ropa con el permanente perfume de saber vivir, intacto y resistente, humano con una emoción imprevisible pero suficiente.

Más me vale, me parece, vivir ardientemente, pieza a pieza con la vida, cada contacto, cada muestra, cada anatomía, cada imagen. Más me vale sentirme siempre fuerte, con ánimo todavía de aprendizaje de la vida, jamás concluida, todavía pendiente. Ese es al fin y al cabo mi argumento escandaloso, mi asombro de cómo se resisten mis caderas a plegarse; notar como una aparición llegada, plena de historia, súbita, profunda, carnal y milagrosa.

El andén de la vida donde no se me hará de noche, mi calor más íntimo, el que siempre tuve como un arrebato postergado pero aún visible, una especie de sudor propio, mi peso, la edad que no aparento porque se me olvida apuntarla cada año.