Los premios literarios

 
 

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Alguna vez ya he hecho referencia, en el mercado del libro, a cómo funciona, cómo se conceden los Premios literarios, si no en su totalidad en su mayoría. Muy atrás queda la historia de aquellos...

 

 

     
 

premios que descubrían a autores como Ana María Matute, Miguel Delibes y otros muchos. Hoy en día, el orden es a la inversa: para poder llenar la entrada de las secciones de librería en las grandes superficies, de ejemplares amontonados del último premio, hay que buscar a un autor de reconocido prestigio, haberle pedido antes una novela, que siempre tiene medio terminada en un cajón o en el disco duro de su ordenador, para otorgarle el suculento premio que prestigiará así al mismo y otorgará al editor importantes beneficios.Luego a amontonarlas en los grandes almacenes.

Es suficiente razón, ese mecanismo comercial, para que rehúya como lector antiguo ya, la lectura de los mismos. Si un escritor está consagrado con una carrera literaria brillante y cierta, pidámosle que escriba para los lectores –invirtamos el orden- que el editor convencido luego a través del agente, de la valía de su última obra, la lance a las librerías. Pero no es así, los premios son a priori, están concedidos de antemano, y en algunas ocasiones se tratará quizá de novelistas de primer puesto en lista de ventas por obras anteriores que se movieron hacia el éxito por mecanismos igualmente comerciales, no siempre respaldados por la necesaria valía.

Vende el premio, vende el autor ya sabido, ya conocido, por eso me perdonareis cuando en mi página busco escritores que comienzan su carrera, que llevan la literatura dentro, aun por introducir en el mundo del libro, luego. Quiero casi, como si leyera así un libro sin tapas y sin firma y después de la satisfacción por su lectura, le pondremos nombre de autor y editor.

Hace días leía en una entrevista con ese gran escritor francés Patrick Modiano en la revista “Leer”, decir que hacía suyas las palabras de Borges: “que le asombraba que alguien pidiera su firma en un libro no leído”. Dejarme leer antes, saber o averiguar quién ha de ser la literatura que complete el camino de la que ya he leído; que aparque los premios para mañana, otros menos premiados aprietan más mi curiosidad y mi deseo; seguro que me quedará tiempo para ellos, si es verdad que esa novela rodeada del oro del premio pactado de antemano tiene la calidad exigida para el único baremos que admito: la buena literatura que será objeto de mi atención y mi tiempo, siempre.

Esto era simplemente una advertencia, una explicación que me imagino cualquier lector ya sabe sobre ese mundo de los premios literarios que no es precisamente para mí, el más sugestivo en mi captura y andadura literaria. Si le premiaron casi antes de escribir, habrá que haberle leído lo de antes, estar ya muy seguros para no llevarnos decepciones que no merecemos y que no nos resten placer en la lectura posterior. Por eso, ante ejemplos para no seguir, pero como auto sacrificio, hay una muestra entre mis sugerencias este mes que entra todavía en un área menor y más sacrificada: la de los finalistas.

Borges, te aseguro, que si hago cola delante de un autor para recoger en la primera página de su libro, su dedicatoria, -nada menos que premiado- lo habré leído al menos antes y esperaré que su obra, sea un capítulo de buena literatura, no un miembro más de la suculenta lista de premiados.