He pecado 21 veces sin interrupción

 
 

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Os dije que os iría contando lo que más me había fascinado de mi fascinación, no me puede ya a estas alturas de la vida servir de contrapeso o de mirada al porvenir, pero existe un hoy, un cada momento, una vuelta de página que sirve, estremece.

 

 

     
 

He leído 21 cuentos, casi 600 páginas de un libro, para leer quieto y obsceno ya uno mismo donde pecas seguro porque los personajes de Joyce Carol Oates viven “historias de transgresión”, válidas para absorber cualquier significado o temática. Hay en cada una, amor, celos, poder, violencia, a lo ancho y a lo largo. Y así me di un paseo yo para alejarme de los hombres y mujeres corrientes pero que al mismo tiempo podías encontrártelos en la capa misma de tu propia tierra.

Yo también tengo, por qué no, la ambición de transgredir, me la dejo entre las letras para ayer como casi le mandaba a alguien perder el sentido entre mis palabras. De todos los momentos que he vivido con la prosa de Oates partí en cada uno de ellos y noté el olor a cuerpos, cuerpos adultos, a “levadura viciada”. Pensé con ella que es cierto “una mujer desnuda muy cerca de un hombre siempre parece tan…inesperada de algún modo."

Debí empezar desde ahí porque mi credibilidad con dichas palabras es absoluta: surge lo inesperado de algún modo, o el abrazo para hacer el amor luego, con tiempo de espera, de sexo sin hacer para convertirlo con el penúltimo roce de la piel, en sexo cargado de sexo, socavando el amor como una pornografía estornudada y un placer de tacones de aguja, un inolvidable sitio húmedo.

También en muchos cuentos es imprescindible la muerte, una muerte que siempre duele: un suicidio, un asesinato con sus dosis de humillación e indignación; un hombre observando a su ex mujer a través de la mirilla de un fusil; el muchacho orgulloso de su cuchillo que conserva el ADN de los hombres muertos. Aquí parece que se juega sólo a la ruleta rusa porque es el juego que se menciona más veces y el catálogo de armas de sus personajes hace que sus dueños sean dueños, no simples ocasionales poseedores.

He leído, pues, de todo. He pecado con cada adulterio, pero sin renunciar con los adúlteros a la búsqueda permanente de la felicidad; me he desesperado al ver que es igual, cómo declina el cuerpo y te resta cada vez en el amor, en la impudicia de tus sueños. Están patentes de cada mujer su atractivo y su destino, cada tentativa, cada manera que tienen las mujeres de acercarse para terminar luego en el sueño imposible de una cama. Todo lo más allí –como antes contaba- para nadar hasta la orilla o quedarse definitivamente fuera.

Las siluetas de las mujeres de Oates te matan casi de verlas, te dejan sin olvidos o haces noche para siempre. Su sensualidad –bien que lo explica- no es del todo sino de las partes, como con cada prenda fuera, insustituible el sitio, su diseño para hacer el amor cada vez notando la pasión bajo la piel. Cada mujer es un destino que alguien puede tener. “La mayoría de las vidas quedan en nada. ¿Por qué no aceptarlo?”

Pues acepté y pequé con ellos entre las letras asombrosas de esta mujer. Transgredí con ella, palpé cada alternativa como quien puede perder a su ser querido, me agarré a ellas, me fui haciendo piel de su propia piel. De la mano de sus letras fue cierto: "Mi instinto me lo había traído al lugar adecuado. Éste es el borde del abismo."

Luego de leerla, sólo queda el abismo o volver a hacerlo. Parecido quizá a acercarse al otro y si no llega la mano, el sexo, la boca, seguro que estará la posibilidad de amar con el lenguaje como una contradicción entre la carne y el espíritu sin vencedores ni vencidos.