El destino final de los libros

 
 

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Si alguna vez me preguntaba cuál sería el destino final de mis libros cuando ya no exista el sitio que siempre tuvieron no me gustaban mis propias respuestas, y en realidad eran a la vez...

 

 

     
 

lógicas y buenas. Se irán a otras manos aunque no sean las más cercanas a las propias, cualesquiera son buenas, en las mías hicieron su mandato, cumplieron su enseñanza y su belleza, llevan ellos mismos su propia supervivencia, hasta muchos de ellos se quedaran sin el previo destino: mi propia lectura porque no llego a todos ellos, qué más dará pues, quién los tenga, que restituya la ocupación que no tuvieron.

Mientras tanto, hasta que no llegue el momento, son mi vivienda, mi privilegio, a veces hasta mi urgencia. Os quiero y os dejo cuando me marche ya os tuve, ya notasteis posesión y pertenencia, marcasteis una presencia y eso es una forma de destino para luego, de destino final que siempre es provisional.

Luego habrá que entenderlo: los libros no tienen destino, estuvieron de paso, agotaron mi tiempo, la lentitud con ellos que para mí tuvo la vida, un lujo de donde debe de venir lujuria, como un instinto cultural de la especie. Durante todo este tiempo los estuve leyendo; leerlos era un placer que me ha durado toda la vida y no hacerlo hubiera sido peligroso, hubiera sido conformarse con la vida y nunca me conformé con ayuda de ellos, decidí, pensé, porque estaba entre ellos. Pues a todo ese bagaje propio no le puede poner final nadie, ni la propia vida.

Vamos a hacer una cosa: yo ahora leo con menos prisa y eso que a veces tener que contar a los demás lo que he leído me la ocasiona; leo convencido que ese libro es temporalmente mío, que acabará en otro final, en otro sitio; leo abrazado a mi madurez para ver si así no me acabo de hacer viejo; leo, eso sí tengo que reconocerlo, con mala memoria, pero da lo mismo, alargo mi memoria en muchas ocasiones para hacer cierto lo que decía Goethe, que llega hasta donde llega mi interés. Una forma de selección.

Ese interés con el libro en la mano, como siempre es bueno, no lo agoto. Voy llenando como un interminable cuaderno mi base de datos de lo que escribieron los demás para que yo lo leyera. Si se me borra el título le pongo otro, con su autor tengo una perfecta relación de humanidad y si es una mujer, me aprendo hasta la piel que noto memorable y convicta en sus palabras.
Pero todo me sirve para entender por fin que ningún libro tiene fin, ni sitio donde colocarse ya. Vale, en cambio, a lo mejor dárselo a alguien a quien quieras –casi poniendo tu mejor mirada en ello- ese libro exquisito y delicado, inencontrable ya en el tiempo que tuvo su mejor lugar y que no queremos que se nos vaya demasiado lejos.

Así los seguiré notando en el hueco que dejaron donde estaban, así se llevarán entre sus páginas la mejor parte que tuvo mi persona, mi mejor forma de ser, la ilusión quieta de las cosas calladas pero que hablaron conmigo por sí solas.

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