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Ya son muchos años que el mundo de los libros tiene que pasar por las manos de Doña Carmen Balcells, más que su criterio, su voz autoritaria como agente literario lleva a las librerías aquellos libros que merecen su publicación. Jubilada de tacto oficial, presente no obstante todavía en tantas y tantas obras antes de salir a la luz. Su voz ha sonado: “De lo que estoy feliz es de que el futuro no me haya borrado ya”. El futuro del libro electrónico, esa pequeña pantalla que permite la lectura de más de 500 libros, está más cerca de lo que creemos. Se habla de vender este año 22 millones de lectores electrónicos.

Hace ya demasiados años, de la mano de un sistema operativo MSDos me situé delante de un ordenador, aprendí su manejo y lo enseñé, a niños y mayores que no querían quedarse fuera de ese mundo de la red. Tengo ya demasiada longitud de horas, de calcular el diámetro perfecto entre las palabras de un diálogo como si fueran las yemas de los dedos en los pechos de una mujer. Que he ido llenando paredes de una casa para obtener los amigos que no me fallarían; páginas sin leer pero ojeadas a conciencia, profesionalmente; apartados de los libros con su piel y con su tacto, con las páginas con la autoestima más alta de aquel que las escribió, para soñar con ellas, para oler su misterio, su interrogante permanente, la extrañeza de un instante.

Por eso me voy a quedar fuera, Doña Carmen. Preferiré mil veces por qué dijo que sí a que viera la luz una novela. Me he hecho adulto primero y luego viejo con los libros en la mano, pasando sus páginas como un pomelo reventado en la vieja butaca de cuero con un acomodo carnal de lo más confortable. Una butaca que es ancha y agradable, acogedora como un gran hogar, con el libro entre las manos mientras descubriendo entre sus páginas modos de amarme que nadie conoce.

Me gusta más el libro, me gusta tanto el libro que la madurez me parece no aprender casi con ellos, es una especie de nostalgia quieta, un contacto tan cálido que nunca me lo puede dar ese chisme electrónico, con 500 novelas dentro, sin que le roben el sitio a mi casa casi entera, si que se queden la piel que puse en ellos, tomo a tomo, casi un pantis pegajoso a medida que los pasos de mi vida iban con ellos, dilatados en los muslos, alternados al andar y mira que me cuesta caminar.

No, mítica Balcells, dices que el futuro no te ha borrado ya al formar parte de “Leer E”. No, Doña Carmen Balcells, no me vas a quitar el gusto por cuatro días que me quedan, de esta misma mañana en que voy a cambiar la mirada hasta el mar en la bella terraza desde donde casi lo alcanzaba, por entrar de nuevo en el libre sendero de mi librería, me notarán enseguida como si llevara en la mirada, como revuelto y sin ropa mi propia apasionada manera de ojear los libros.

En la puerta dejaré hasta la edad que aparento, entraré sólo con un poco de ingenio para rozar a la vez las páginas de cualquier libros y las manos de una mujer, su frecuencia, me parece que sus caderas nuevas, la convivencia que teníamos antes de irme este verano, la que suscita el descuido, una liturgia que tenemos ambos como pasar las páginas de un libro que nunca dejaré de hacer como si fuera a la vez mi daño y mi placer.