Quiero el presente de mis pasos difíciles.

 
 

Oct-09 Foto

Jesús Ferrero en un excelente libro Premio Anagrama de Ensayo sobre “Las experiencias del deseo” deja muy claro en su exposición sobre la vergüenza y la culpa que “no podemos vivir con plenitud el presente si el pasado se convierte en una de las formas de la culpa”, ni tampoco “podemos vivir en paz si el futuro se convierte en una de las formas de la urgencia.” Bien me vienes, Jesús, cuando uno mismo ha decidido ya para siempre asumir ese presente de pasos difíciles que dimos y que no tienen ya vuelta atrás, andadura de remiendo porque he decidido no remendarlos, dejarlos donde están, a la intemperie, y quererlos con su obscenidad y su exigencia. No me valdrá la pena porque no quiero pena, ni el remordimiento –qué palabra más hostil- ni la urgencia, ni culpa alguna.

 

 

     
 

A estas alturas si me he pasado la vida intentado eludir juicios ajenos y rechazando los propios, he preferido el misterio de la vida ajena porque los muertos merecen tanta indulgencia como los vivos y nadie, mientras nos quede un solo minuto de vida, podrá juzgar y saber de nuestro destino hasta que hayamos definitivamente muerto. Por lo tanto no voy asesinar a este presente, voy a dejarlo correr a su aire con desperdicios y errores, con la forma de volverse ante una mirada ajena bella e insistente.

Y hasta no calificaré de mérito alguno ni un solo paso difícil dado, intentaré quedarme en la templanza para que sean templados los juicos ajenos, pero tampoco tendrán demasiada importancia, todo junto plasma la vida y a aguantar a la vida se le debe dar mucho respeto, la esencial lentitud que siempre tiene. Me dejé sobornar muchas veces por su lirismo, por un discreto modo romántico y de resaca porque el lujo siempre lo he encontrado en el corazón del hombre. Umbral decía –metáfora va, metáfora viene- que “el lujo de donde viene lujuria, no una invención natural sino un instinto natural de la especie.”

Ya que lo nombro, estos días precisamente, Seix Barral ha publicado 126 poemas post mortem de Francisco Umbral, su género menos conocido: “la mujer es el aire, lo que ha de venir, el dibujo que buscan acertar las auroras.” Quizá por eso yo seguidor de Umbral soy capaz de esperar de cada aurora la fuerza que me traiga una mujer. La devuelvo con esa plenitud presente, me hago fuerte con ellas y venzo para no tenerle miedo al pasado a todo lo que tenga que venir.

Prefiero quedarme con el turbio presente pero fuerte, construido a veces para envejecer porque envejecer es para mí recuperar el presente y contárselo a alguien, es un instante, rescatar las primeras veces y perderle el miedo al porvenir. De ese presente sé buscar siempre a tiempo aquello que me mantiene como una constante agresión perfumada frente al pasado que ya existe y el futuro que tiene que venir y todavía no me lo han presentado. Quizá sea como las mujeres que Umbral contaba que perfumaban con su sexo el glande para una semana.

Es mi lucha, mi estancia quieta de cada mañana que me hace válido poder terminarlo todo, poder dejarlo en presente tierno como el último libro más difícil que el tiempo. Me acabo cada mañana el declive del acostumbramiento, la prolongación de mi interés por mi presente. Ya Goethe decía que su memoria sólo llegaba hasta donde llegaba su interés. Pues a mí no se me acaba. Tengo como una melena dramática de vida, una zona a destiempo de caricia, una permanente belleza de rincón romano donde están los libros más cercanos, el lujo de mi madurez, un momento con cariz de amuleto.

Entonces, cada mañana soy capaz de matar para la supervivencia propia y ajena todos los dragones de la tierra. Me basta una piel vieja pero memorable y una mirada de confianza.