Blogmanía

 
 

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En la última edición del “Diccionario de uso del español” de María Moliner ya se define la palabra blog tan uso en internet como “sitio web o parte de él actualizado permanentemente donde se recopilan por orden cronológico escritos personales de uno o varios autores sobre temas de su interés, y en el que se recogen también los comentarios enviados por sus lectores.”
Los que dedicamos tiempo a la red como fuente de información y también de contacto humano, sabemos que diariamente se crean muchos miles de blogs.

 

 

     
 

No exagero. Bien está la definición del María Moliner, porque son eso “temas de interés propios” que sacamos a la luz, escritores ya consagrados y con libros en los escaparates de las librerías, y personas que anhelamos como una forma propia de expresión, registrar pensamientos y sentimientos en ese bosque inagotable de internet, como buscándonos unos a otros la piel y el poder de lo que hay debajo por descubrir.

Eso provoca una especie de literatura –cuando se trata de gente no introducida todavía en el mundo de las letras- reveladora, más rica de lo que parece y con una hermosa posibilidad de intercambio. Son escritos, sencillos, inefables para uno mismo, propios, más que gestos en nuestro propio mundo, como un periodo ya adulto en donde podemos soñar. Es fácil localizar presentaciones y temas que te interesan y crealos tú mismo en beneficio de quién los lea después, una forma de sabiduría doméstica, un amor sin fecha y sin anillo pero vaído en su palabra e intención; un medio de ayuda, ajeno a las fábulas de auto ayuda, si fuera realidad hasta una cierta mirada probablemente.

Yo me acerco, cuando el tiempo me lo permite, a ese mundo, formo parte de la blogmanía, del asombro cuando accedes a alguno de ellos y ves rigor, intención de una correcta expresión y sobre todo, deseo de llegar –al igual que la inmediatez de un correo electrónico- a personas que te pueden entender y hasta querer porque tu persona se escapa entre imágenes y renglones. La vida aísla, y nos hace falta el recuerdo de nuestros viejos besos aunque queden navegando por la red, alguien los recogerá, los hará suyos, los devolverá, se creará un mundo nuevo con valores sin estrenar.

Las páginas de los blogs están llenas de pasado, de búsqueda de tranquilidad, porque todo pasado tuvo rasgos tan difíciles como antiguos. A veces ese lenguaje de los blogs es más íntimo

veces para envejecer porque envejecer es para mí recuperar el presente y contárselo a alguien, es un instante, rescatar las primeras veces y perderle el miedo al porvenir. De ese presente sé buscar siempre a tiempo aquello que me mantiene como una constante agresión perfumada frente al pasado que ya existe y el futuro que tiene que venir y todavía no me lo han presentado. Quizá sea como las mujeres que Umbral contaba que perfumaban con su sexo el glande para una semana.

Es mi lucha, mi estancia quieta de cada mañana que me hace válido poder terminarlo todo, poder dejarlo en presente tierno como el último libro más difícil que el tiempo. Me acabo cada mañana el declive del acostumbramiento, la prolongación de mi interés por mi presente. Ya Goethe decía que su memoria sólo llegaba hasta donde llegaba su interés. Pues a mí no se me acaba. Tengo como una melena dramática de vida, una zona a destiempo de caricia, una permanente belleza de rincón romano donde están los libros más cercanos, el lujo de mi madurez, un momento con cariz de amuleto.

Entonces, cada mañana soy capaz de matar para la supervivencia propia y ajena todos los dragones de la tierra. Me basta una piel vieja pero memorable y una mirada de confianza.