Prefiero el comienzo de cada día

 
 

Oct-09 Foto


No me gusta ese tránsito que se celebra del paso de un año a otro. Prefiero el comienzo de cada día, como si fueras abrir un libro que aún no hemos leído sin más alegría que abrirlo y leerlo luego. No daremos fiesta antes ni después, porque está en su lectura.
Prefiero que al empezar cada página –más o menos cada mes- aquí os presente sin más solemnidad mis nuevos libros que forman el nuevo año, punto y seguido. Me gusta mucho más el momento luminoso de un instante al que le doy luego rango de día.

 

 

     
 

La gente de la cultura necesitamos paciencia, esperar lo que va a venir después como una elección en la librería que compramos nuestros libros, en esa charla del boca a boca que me sirve a mí para llenar cada vez las páginas de cómo deciros que os acerquéis a los libros.


Me hace ilusión -os lo prometo- traeros hasta aquí la primera novela de un joven escritor; ese libro esperado de un autor consagrado; el que me ha tentado al ojearlo, aquel que entre las manos sé de sobra que se trata de buena literatura, de buena cultura. Pero no llego, ni llegaré jamás más, se me quedan cortos e incumplidos los deseos. Ya me advirtió Josefina Aldecoa, no te empeñes, si los amas, te desbordarán los libros.


Y no sé qué hacer. Se me ocurre un símil que me vais a permitir: mi placer con los libros debe ser parecido al que siente una mujer cuanto tiene un hombre dentro, le reconforta, le alivia. Sólo se me ocurre seguir leyendo para poder saber lo que tenemos cerca, lo que otros nos cuentan, aquello que saben y además tienen la prosa justa para poder decirlo.


Los libros dejan mucho de mí dentro, por eso siguiendo con la idea de antes, como un intercambio erótico, el sexo, algo de ti en otro. Pues yo hago sexo leyendo, hay como excitaciones en cada página aunque hablen de otra cosa, noto cómo pasan de la cabeza ajena, por las manos que lo escriben sentimientos que tengo, ajenos, y que los hago propios.
Pues para todo eso, no hace falta cambiarse de año, sino seguir en el que estamos, tan sólo a la fecha, ponerle el mismo destino e intentar abrir hueco contando lo que he leído en cosa de unos días solamente, empezando cada mañana con un café sin azúcar que es la vida, el estímulo, la ilusión y la falta de sueño para poder soñar luego.


La vida, muchas veces, es una especie de crueldad bien llevada. Uno piensa, lee y siempre algo de lucidez, para darte cuenta del tiempo perdido. No porque cambie el guarismo del año, el que cambia soy yo por lo que me dejado dentro sin hacer. A estas alturas convendréis conmigo que con el frío tálamo de la senectud que todo lo iguala, no me haga proyectos de una vida nueva con el año nuevo. Ni hay año nuevo, ni cambia la vida. Pienso simplemente que duermo casi bien, fumo porque me calma la espera muchas veces de que tarde en venir lo que estoy esperando; tomo alguna copa y no tengo que ver venir la madurez porque ya le gané el camino.


Cuido la posibilidad de tener el alma quieta, cuando tenga que poner una fecha diferente en esta habitación –como dijo Meliano Peraile- “donde mis ojos habitan tantos años y renglones.” Renglones de los demás, de los libros que os voy a contar.